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Ser Padre. Hombre y Embarazo.

"Aprovechá a dormir"

Por Diego Carbonell Gonzalez, padre de Joaquín y Eloisa.

Para www.EnElEmbarazo.com

De todas las frases escuchadas durante un embarazo, esa es la que todos más te repiten. Dormí ahora. Descansa. Ya vas a ver....

Aprovechá a dormir ahora.

De todas las frases escuchadas durante un embarazo, esa es la que todos más te repiten. Dormí ahora. Descansá. Ya vas a ver. Y entonces vos pretendés que estás practicando.  Que esos desvelos son en realidad entrenamiento. Estás preparándote durante esos meses, guardando vela al lado de la mujer a la que amás, con la cual has decidido tener un hijo, esa mujer que también, aunque por motivos distintos, duerme cada vez menos de corrido, aunque dormite sin previo aviso a cualquier hora del día. Vos estás tratando de remodelar el formato de tu sueño, preparándote para el momento en el cual llegue esa criatura a cortar tus solidas ocho horas o más por día de dormir corrido, un placer que te acompaña desde la niñez, y que, según te aseguran, está por terminarse.

Por ahí leíste que los navegantes en solitario se entrenan para cambiar los patrones del sueño, para dormir media horita acá, cuarenta minutos allá, para nunca descuidar las velas, para aprovechar al máximo el viento. Los gurúes de la motivación laboral, pomposamente como de costumbre, le han puesto un nombre al concepto de echarse una siestita acá y allá: “Power Nap”. Más vale media horita de sueño que un tipo que se duerme sobre su teclado. Tu tío viejo, mucho más preciso y terrenal, le llamaba “la siesta del burro”: dormitar hasta de parado, cada vez que el carro se detiene, aunque sólo sean unos segundos. Vos te preguntás si es en verdad posible dormir la siesta del burro arriba de un barco. Ya que estás, te preguntás si criar a un hijo, a ese hijo que está por nacer, podrá ser de veras como atender un velero en el océano. Cuidar el balance justo entre tensión y durabilidad, entre velocidad y control. Aprender a virar a tiempo, a corregir maniobras antes de que sea demasiado tarde, a bogar un poco de cada lado para avanzar más rápido. A no temer la marejada. A no desesperanzarte con las tormentas. Y por sobre todo, aprender a disfrutar del sol y el viento, de la estela que va quedando atrás pero más que nada de las aguas que aún quedan por recorrer. Y que por todo eso es que es indispensable aprender a racionar tu sueño.

¡Pero mirá lo que estás pensando! Mire que comparar a tu hijo por nacer con un velero, haceme el favor. Mejor tratá de dormir. Dejá de mirar el vientre de tu mujer, dejá de mirarle los labios entreabiertos. No te pierdas en eso pechos que suben y bajan con la respiración, en el calor escencialmente animal –todo eso que, te decís con una guiñada imaginaria, nos clasifica como mamíferos- que irradia tu mujer al dormir. Dejala un ratito en paz, ahora que por fin se durmió. Son las tres de la mañana, y en unas horas tenés que ir a trabajar.

Si, si, ya lo sé: ¡es tan lindo contemplar la paz en el cuerpo de tu mujer durmiente! Podés ver la vida creciendo ante tus ojos, ver el milagro ocurrir ahí, al alcance de tus dedos, sin ruidos ni nadie que moleste. Son sólo tu mujer, tu hijo y vos. Verlos así te hace todo tan fácil. Todas esas pretensiones de trascendencia, de encontrarle un sentido a las cosas, un sentido a la vida, todo se reduce a esa expresión sencilla y perfecta. Todo tiene sentido. A pesar de la tristeza, de las malas noticias, de las injusticias, de la muerte. A pesar de la mismísima segunda ley de la termodinámica. A pesar de todo eso, podés sentir sin el menor atisbo de duda que formás parte de un cosmos mínimo y suficiente. Acaso el único lugar en el universo al que realmente pertenecés.

Tratá de dormir, te digo. Aprovechá mientras puedas.

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Ahora sé en qué estás pensando:  estás considerando una vez más si el nombre que eligieron realmente es el apropiado. Hasta elegir un nombre se te antoja una responsabilidad desmesurada: es cargar a alguien con el epíteto con el que será llamado en las listas de la clase, en las colas de los trámites, en las noches de amor y en los días de trabajo. Y pensás también en lo que todos piensan en situaciones así, te repetís una y otra vez. ¿Será sano? ¿Qué cara va a tener? ¿De qué color serán el pelo y los ojos? Por más que tu suegra y tu madre insistan en reconocer facciones y gestos en las ecografías 3D, vos sabés que sólo ese primer contacto te va a dar las coordenadas exactas e indispensables. Y tratás de imaginarte una y otra vez cómo va a ser ese primer encuentro, la secuencia en la que serán invocados tus sentidos: el llanto, la carita contraida y la despedida del cordón, la fragilidad húmeda de la piel en tus dedos, el olor de la vida nueva, el gusto recobrado en tu boca reseca. O quizá no sea en ese orden. Quizá venga todo junto, entremezclado en tus sentidos. Hay perfumes frescos como carne de niño, dulces como el oboe, te parece recordar que así decía Baudelaire.

Ya lo podés sentir, aunque aún falten tres semanas. Podés palpitar un avance del momento esperado, porque tratando de no despertar a tu mujer pusiste al fin tu cabeza, tu oido, tu mejilla contra ese vientre que duerme de costado. Y eso que te dije, tené cuidado, no vayas a despertarla. Pero seguro, es imposible resistirse. Imposible privarse del placer primitivo de escuchar el movimiento profundo, las proverbiales pataditas, los latidos de los tres entremezlcados en el lóbulo de tu oreja.

El bullir de la vida en lo más hondo de tu universo.

Es así que por fin te dormís.

Aunque quizá sea sólo por un rato, no importa.

Ése es el sueño más feliz, profundo y reparador que jamás imaginaste.

 

Creación: 20/09/2007 - Revisión: 20/09/2007








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